domingo, 17 de mayo de 2015

...Y HUYAN LAS SOMBRAS...

Acúfenos. Se llaman así las alucinaciones auditivas, se dijo, buscando arrojar a la papelera del olvido, debidamente arrugado, lo que le acababa de pasar.
Estaba en su cocina, sola, de pie frente al armario de los platos, en busca de una taza para tomar cereales. Frente a las bandejas llenas de loza y cristal. Entonces oyó un quejido ansioso, infantil, breve y ajeno. Tan ajeno que volvió la cabeza. Allí, naturalmente, no había nadie.
Recordó su reciente visita al otorrino, su pérdida de oído, la aparición de acúfenos como el sonido lejano y constante de un campo de grillos. Pero esto no tenía nada que ver. Había sido tan claro y tan único que lo reconocería en cualquier sitio, pensó. Y supo, contra su razón y su costumbre, que había sido su alma la que lanzó aquel grito. Su alma abandonada y hambrienta, su alma agazapada en la nuca, su alma, que quería un poco de agua, un poco de pan, un poco de espíritu... "Antes que sople la brisa y huyan las sombras..."

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