lunes, 11 de mayo de 2015

PANDORA

Hacía pocos años allí hubo un cartel que ponía “Pandora”. Por entonces dos cristianas, viejecitas y miopes, leyeron “Panadería” y entraron a predicar.
-         La paz contigo, hermana.
-         Buenas tardes.
-         ¿Eres la panadera?
-         No, señora. Yo soy puta.
-         Venimos a decirte que Dios te quiere.
-         ¿De parte de quién?
-         De parte de Dios.
-         Ah, bueno.
Las viejas hablaron y hablaron y leyeron la biblia y el evangelio, se despidieron y se marcharon. Pandora dio dos palmadas y acudieron sus chicas.
-         Niñas, voy a cerrar el garito y aquí abriré una panadería. La que quiera que se quede a vender pan y la que no, que se vaya.
-         Es broma, ¿no?
-         Qué va a ser broma. He visto el cielo abierto, al pie de la letra. Estoy más que harta de esta vida arrastrada. Vosotras, no sé.
Pandora, que en realidad se llamaba Remedios, se encontró con dos colaboradoras, Adela y Trini, y los ahorros de sus vidas, que a su parecer no eran pocos.
Al cabo de unos meses se abrió la panadería. A Pandora le costaba entender que fuera tan difícil llegar a vender pan, tan lleno de papeleo, de idas y venidas por multitud de oficinas, de sellos y permisos, de vuelva usted mañana, y, sobre todo, tan caro. 

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