miércoles, 4 de marzo de 2015

MARAVILLOSAS OCUPACIONES

Escribir una novela. Sin prisa. Sin editor. Sin lectores, como es probable. El pobre Pedro Castañeda, un tipo insulso de la muerte, habla en primera persona de la única aventura de su vida: encontrarse un okupa en su casa de vacaciones. Que sin querer lo va a implicar en su negra historia. Pero mi Castañeda no se entera de ná.
Pasan los años. Lo menos cinco o seis. La edad me suaviza la exigencia. Retomo el texto. El pobre Pedro Castañeda empieza a caerme bien. Casi que ya no quiero que ande como un tonto ensimismado de su exmujer al okupa, del trabajo a la vida, del cuartelillo al deporte, del caño al coro, del muerto al moro.
Así que me aplico a retocar al pobre Pedro Castañeda. Pero es que parece que no tiene remedio. Todo lo que le pasa, casi todo, le viene de ser así precisamente. Mejor la ingenuidad que la malicia. El tipo ha sido agente de seguros. Descubre que ya es hora de abrirle la puerta a la inseguridad. ¿Un poco tarde?
Corto el final. Borro capítulos enteros. Más de ochenta páginas. No es una tontería. El texto completo no llegaba a las doscientas.  Corrijo párrafos recargados. Busco -y encuentro- gazapos y contradicciones.
No le gusta a nadie. Qué importa, con tal de que me guste a mí.
Trampa. A mí tampoco, todavía. Los libros que a mí me gustan le gustan a mucha gente.

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