lunes, 20 de octubre de 2014

LA PROCESIÓN DE GRANADA

Me sorprendió con agrado el conocer que Granada sería considerada "ciudad teresiana", ya que creo que santa Teresa no llegó a fundar aquí personalmente, sino que envió a la madre Ana de Jesús. Así que me propuse asistir a la procesión que conduciría su imagen a la catedral, para inaugurar el V centenario y el jubileo.
Esas cosas -jubileos, centenarios, procesiones...- siempre me han sido extrañas, pero, dada mi antigua amistad con los escritos de la santa, me convencí (¿por qué y cómo?) de que no debía perdérmelo.
Así que me planté en el convento, cuya puerta principal estaba cerrada, aunque había una respetable cantidad de gente, músicos y estandartes de las cofradías. Me acerqué a la otra puerta, por donde vi que entraban y salían gentes engalanadas, y quise entrar a la iglesia. Un señor, amablemente, me explicó que si no formaba parte de la comitiva oficial, no podía. Me fui enfrente, a capitanía, y me entretuve en ver cómo se hacía de noche tras los tejados de san José, mientras llegaban incensantes los devotos o curiosos, sobre todo mujeres de todas las edades, que tenían cara de llamarse Teresa.
A las ocho se abrió la puerta y empezó a salir la procesión. Velas, estandartes de las cofradías, el báculo, la imagen, los músicos...
No era eso, no era eso. Apenas terminó de salir la imagen la puerta del convento se cerró y la procesión se desplazó calle san Matías abajo, como cualquier otra pero menos.
Me sentí, como siempre, forastera en Granada. Lo soy, lo soy, pero he vivido aquí las dos terceras partes de mi vida y me sorprende estar aún tan poco arraigada.
La imagen, sobre un trono prestado, supongo, con tantos oros bordados que el hábito carmelita resulta irreconocible, la pluma, el libro, el birrete de doctora y ¡una mantilla negra de encaje! A ella, que siempre se quiso libre de gala y regalo. Me fui calle abajo, con prisas de olvidarme lo antes posible y preguntándome ¿qué esperaba?
Dos días después quizá empiezo a darme cuenta. Esperaba sus palabras, pronunciadas en la iglesia del convento, por sus monjas o sus amigos, trozos de sus escritos, poemas, cartas, exhortaciones, alguna de sus canciones por lo menos, algo que la hiciera reconocible a mis ojos debajo de la pompa y la parafernalia.
Hacía mucho calor, la noche parecía de agosto. Yo me fui con una decepcionante sensación de frío, intentando, sin mucha energía, convencerme de volver a san José cuando no haya tanto ruido.

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