lunes, 13 de octubre de 2014

LA ALCAIDESA DE PASTRANA


DOÑA BEATRIZ

(Viniendo a primer término, a su voz se descompone el grupo)

¡Madre, venga! Esta es su silla.

TERESA DE JESÚS

No, yo en mis plantas, señora,
y ella aquí, que es la priora,
mas yo una pobre monjilla.


Mi padre me dejó, a mis seis o siete años, esta obra de Eduardo Marquina. Estaba en un libro de encuadernación casera, de páginas tiesas y quebradizas, con tapas rojas de cartón y lomo de una tela rugosa y gris. Tenía el título pegado en una etiqueta blanca que debía haber sido recortada de una de las primeras páginas interiores.
Olía a telarañas y a hiposulfito de sosa.
Yo nunca había leído teatro, ni otra cosa supongo, salvo las lecturas escolares y una versión infantil del Infierno de Dante. (Virgilio y Santa Teresa, en mis inicios como lectora. Gentes que bajaron al infierno y volvieron. Guías).
Me fascinaron las acotaciones, el "vase", el "mutis", el "foro", y el extraño lenguaje que le dice "ella" en vez de "tú".
Leía de pie, paseando e impaciente porque apareciera la protagonista, que tarda un poco. No entendí el lío del secretario del rey y los afanes de la princesa de Éboli, solo que eran los malos y no me gustaban.
Quien me gustaba era santa Teresa, porque Dios la levantaba del suelo cada vez que se le ocurría, la vio mucha gente y esto era verdad, no como don Quijote, que era inventado y a pesar de ello ni volaba ni nada.

No hay comentarios:

Publicar un comentario