lunes, 15 de septiembre de 2014

OLIVER TWIST


Lo leímos en quinto. Nos condujo a través de las nieblas de pobreza, ignorancia y desamparo que vadea la niñez, delincuente en su inocencia. A todos les gustó, más que nada por el contraste entre aquel penoso Londres y el recuerdo de sus camas calentitas, sus cuartos limpios y sus desayunos seguros. La historia los arrastró a interesarse por la cadena de sucesos que, como los antiguos hados, caían sobre Oliver, creciendo hacia el peligro y debilitando la esperanza. Los malos (pobres, sucios y feos, o, o) eran cada vez más malos. Los buenos, (ricos, limpios y guapos, claro) cada vez más lejanos e improbables. El ansiado último capítulo vino a ponerlos a todos en su sitio, como un juicio final que consoló a los atribulados lectores. Pues bueno, después de todo, los que se lo merecieron fueron felices y comieron perdices. A mí me quedó un sabor de azúcar Disney, del que nunca me fié.



 

No hay comentarios:

Publicar un comentario