lunes, 28 de julio de 2014

BECÚ


No quiero desvelar su verdadero nombre. Es una pena porque importa mucho. Así que le he procurado uno que sirva para dar idea de la historia. Vino a mediados de segundo, sin saber leer ni sumar cuando ya todos sabían hace tiempo y empezaban a dividir por una cifra.
Lo trajo a clase el director, que, entre resoplidos, me informó que la familia se acababa de mudar, que habían tenido problemas en el último sitio donde vivieron, peleas, denuncias y esas cosas. “No sabe ni leer. Casi no lo han llevado a la escuela en todo el tiempo. Haz lo que puedas”
Era un chavalito rubio de expresión felina, ojos azules, pícaros y luminosos. Vestía un chándal viejo, roto en los codos y las rodillas, y unas deportivas con la suela medio despegada. Se sentía cortado y miraba a todos lados con desconfianza, predispuesto a picarse.
-¿Cómo te llamas?
-David.
Lo había dicho bajito, como si le costara mucho.
-¿Qué más?
Silencio. Me quedé esperando casi un minuto. Él miraba para otro sitio. Temí que olvidara la pregunta. Todos atendían. Insistí. David se me acercó al oído y susurró dos palabras incomprensibles.
Cogí la lista de la carpeta.
-Necesito tu nombre completo para apuntarlo aquí. Si no lo sabes, lo pregunto en dirección.
Me miró afligido. Lo saqué al pasillo. Cuando vio que estábamos solos, tras muchos ruegos de mi parte y titubeos de la suya, me lo explicó.
-Es que no quiero que los niños se rían y me llamen por mi apellido.
-Pero hay otro David y habrá que distinguirte.
Quizá se sintió acorralado, harto del interrogatorio. Se hartaba pronto. Habló resignado, recalcando las palabras con cierto despecho, como quien paga una multa inmerecida, mirando más allá de mí, hacia los hados crueles que...
-Me llamo David Borrachera Quinta.
Aunque podía entenderlo, mentí.
-Son apellidos normales.
No se lo tragó. Otra vez la súplica.
-Maestra, por favor.
-Probaremos algo. A ver si cuela.
De vuelta en la clase, los demás ya estaban curiosos. Pensaban que habíamos ido a la dirección. Expliqué, aparentando una seguridad inapelable:
-No entiendo bien lo que pone en su solicitud, así que le llamaremos por las iniciales. Este nuevo compañero es David B. Q., para que nadie lo confunda con David Castillo.
Conforme con el arreglo, David B. Q. aceptó sentarse con su mesa pegada junto a la mía, porque nos dedicábamos a las primeras letras todo el tiempo que los otros nos dejaban.
Aprendió -tras muchos juegos y ruegos- a leer y escribir y yo a escribir del revés para no tener que estar volviendo su libreta a cada momento.
La situación, por lo visto, se prestaba a confidencias y así supe que a la escuela de antes no iba mucho, los niños se metían con él y le llamaban... “ya sabes, maestra”; que no le gustaban las lentejas y su madre se las cambiaba por bocatas de atún, que su familia vendía ollas y sartenes en los mercadillos de la zona, por eso él tenía la llave de su casa, ya que al llegar de la escuela muchas veces no había nadie. Me contó de su abuelo ferretero, de su perro negro que era un salvaje, de intrincadas broncas domésticas, de la furgoneta vieja, de la nueva, de cómo no tenía que hablar con los vecinos, que ya tuvieron bastante con los anteriores, que la señorita de Asuntos Sociales les había avisado, que su primo estaba en la clase de sexto y no quería ni verlo, que su nueva casa era mejor que la otra porque tenía jardín y le iban a poner una piscina... Parecía que estaba deseando venir cada mañana para contarme sus cosas, locuaz, incontenible, antes que yo empezara con el rollo de las tareas.
A fin de curso vestía ropa nueva y deportivas de marca. Se rumoreaba en la escuela sobre el éxito de turbios negocios familiares. A David aún le faltaba mucho para alcanzar el nivel mínimo del curso, pero no podía repetir porque ya tenía edad de ir a cuarto.
Años después - él rondaría los veinte - me encontró en el parque una mañana, con mi clase, que observaba plantas y cazaba insectos bajo el sol de primavera.
Ese momento de encuentro con ex-alumnos siempre tiene algo terrible para mí, pues temo confundirme de nombre o de curso, dudar de qué nos pueda importar de lo que nos digamos, desvelar, tras la magia lejana, si la hubo, la decepción de la “vida civil”...
Pero David B. Q. y yo nos saludamos con alegría.
-Maestra, no sabía si acercarme o no.
-¿Y eso?
-Porque sé que me vas a preguntar qué hago. Y me da fatiga.
Otra como la del apellido, recordé. Me eché a reír de sus precauciones, contenta de que su afecto hubiera podido más que su vergüenza.
-Te lo has buscado. ¿Qué haces?
-No te va a gustar saberlo.
Ya no era mi alumno. No me debía nada.
-No te apures, no me lo digas si no puedes.
Enrojeció. Pilló el amago de reto. Contestó reuniendo valor y mirando al suelo.
-Trabajo en un puticlub.
No sé si llegó a ver que él me importaba más que sus ocupaciones. Le reconocí, a pesar de la buena ropa, un aire algo mafioso, con el pelo a cepillo, los pendientes, la cadena de oro, el traje claro y la camiseta negra. Pero la cara de gato y el gesto pícaro y luminoso en los ojos, por un instante, lo devolvieron a sus años escolares.
-Maestra, es que después de tanto tiempo no podía pasar sin saludarte. Todavía me dicen David Becú.




2 comentarios:

  1. Otra entrada extraordinaria: muchas gracias por escribirla.

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  2. Gracias a ti por leerla. Y gracias por Flannery O'Connor

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