martes, 17 de junio de 2014

SENTARME O NO SENTARME



El correctísimo saludo y un exceso de atención por parte de toda la clase me alertaron. Pertrechada de los cien ojos de Argos me acerqué a la mesa. Al tirar -muy despacio- del cajón en busca de tiza, vi los agujeros de los tornillos en el sillón. Si me sentaba se desarmaría y daría con mis huesos en el suelo en medio del estrépito y el regocijo general, como se adivinaba por sus caras de gozo reprimido.
Pude llamar al conserje y pedirle otro sillón, o cambiarlo por cualquier silla y sentarme, sin más, o montar un buen pollo mañanero para despejarme los pulmones. Pero quise probar la finura de la clase -uno de aquellos días habíamos leído que los inteligentes se ríen en silencio- y preferí simular que no había visto nada.
Todos estaban en el ajo. Unos por inocencia de divertirse y otros por malicia de fastidiarme. Rodeé la mesa mientras empezaba las tareas como cada día. Me quedé de pie y paseando. Corregimos los deberes de ayer, leímos un texto, explicamos la parte léxica y gramatical correspondiente, salieron a la pizarra... Y aún sobraba casi media hora.
-Haremos un dictado.
-Hoy no toca, maestra.
-Uno de repaso, que tenéis muchas faltas.
-Foooo...
-Hala, empezamos.
-¿Te vas a quedar de pie?
-Es para verte mejor, como el lobo de Caperucita.
-Fooooo...
Se callaban la impaciencia, ya metidos de lleno en ver cuanto aguantaba sin sentarme. Y cuanto aguantaban ellos sin decirme. Deslizándonos todos en sigiloso contento por esa cinta de Moebius que sostenía la vida en doble plano, pretendiendo que no hay más que uno. Hasta que el timbrazo del cambio de clase la cortara.

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