martes, 10 de junio de 2014

NADA TE TURBE...




Todo el mundo lo conoce, mucha gente tiene uno. Pero el “mío” lo traje de Ávila, del convento de la Encarnación, creo, a la vuelta de unas vacaciones veraniegas con tour castellano incluido. Era un cartelito tamaño folio, en cartulina amarillenta simulando pergamino, con el texto escrito en la letra de santa Teresa.
Me gustaba llegar temprano al colegio, una media hora antes de que sonara el timbrazo de entrada. Para sortear el tráfico de la hora punta, me decía. Pero aquel rato a solas me acercó mil veces a ese texto del que nunca me cansé.
Miraba por la ventana cómo llegaban los niños pequeños, agarrados de la mano de sus madres o abuelas; los más grandes venían en grupos, alguno solo; los coches de los maestros aparcaban detrás de las verjas; la furgoneta de las tortas daba una vuelta por si había despistados que se hubieran olvidado el bocadillo y llevaran algunas monedas...
Me volvía a la pizarra para escribir la fecha, mi vista siempre se paraba en el cartelito, lo leía y me llenaba del valor -nada te espante- que tanta falta me hacía en aquella escuela hostil, pese a sus inesperados y efímeros paraísos.
Durante muchos -y largos- años permaneció clavado con alfileres en una pared lateral del aula, a mi vista y a la de todos. Aún no había empezado la campaña laicista en la escuela pública y eso le permitió sobrevivir un curso detrás de otro -todo se pasa- emitiendo su aroma de flor discreta.
Creo que los niños no lo leían, exceptuando algún travieso al que “castigué” a copiarlo en espera de que el bálsamo divino de la calma lo ungiera por un rato.
El cartel vio los portazos, los alborotos infantiles, mi encierro voluntario en los recreos escapando de difíciles conversaciones en las que nunca supe navegar, llenas de indirectas, de dobles y triples sentidos, de reproches encarnizados o sutiles por… cosas.
Vio, finalmente, el día que entré en la clase dando saltos de alegría, ya que, después de tantos años, me daban otro destino. Las felicitaciones sinceras o fingidas de unos y otros, - la paciencia / todo lo alcanza- los abrazos, los “¿Vendrás a vernos?”, mis despreocupados “a lo mejor”, mis interiores “ni en sueños”.
Una de las últimas mañanas de junio, mientras descolgaba los dibujos y carteles de las paredes del aula para dejarla limpia, la maestra de religión me lo pidió. “Es que me gusta mucho, y también por tener un recuerdo tuyo”
¿Darle el texto de Santa Teresa? Me lo pensé un poco buscando algo que pudiera gustarle más. Y le ofrecí una historia sagrada en comic, el lapicero de cerámica, dibujos, algunos libros, otra cosa. Me costaba quedarme sin aquel cartelito barato y ajado que por otra parte, no era nada difícil de conseguir o reproducir. 
 Miré a la maestra. Sonrió como sabiendo. E insistió con el texto en la mano “¿Podría ser esto?” Así que se lo di.
Solo Dios basta.

2 comentarios:

  1. Que bien escribes y que bien rematas los textos. Me ha encantado.

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  2. Muy bonico, muy bonico, muy bonico, lo de nada te turbe, ya que parece que me iré pronto, y estoy algo turbada, lo de espantada, aún no, y lo que Dios basta ...va ser que ¡ no !..pallá vamos...

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