sábado, 28 de junio de 2014

EL QUIJOTE. 2


En aquel tiempo de quijotera conversa, con toques de fanática, me obsesioné con llevar el Quijote a la escuela.
Primer ciclo de primaria, niños recién destetados, si acaso, de la cartilla. Porque acabé usando cartillas pese a su mala prensa de entonces, ya que eran lo más rápido para despegar en la lectura. Y lo demás venía solo a poco que se le empujara.
Así, apenas supieron juntar las letras y hacerlas sonar, releí y cribé el Quijote con intención de saquearlo y llevé a mi clase una breve antología de párrafos, de lo más friki y fantasmal (el poema de la Cueva de Montesinos, apóstrofes a Sancho en la barquilla del Ebro, consejos cuando se va de gobernador a la ínsula, defensa de su oficio frente al Verde Gabán, confesión de la belleza de Dulcinea en su derrota final frente a Sansón Carrasco, su reto a los leones, las quejas de Sancho acerca de la caballería, el “come, Sancho, amigo, y sustenta la vida, que más que a mí te importa, que yo nací para vivir muriendo y tú para morir comiendo...”, el lamento de Sancho ante la muerte de don Quijote y algunos más...)
Leído varias veces, explicado y escrito en la pizarra el fragmento seleccionado, lo íbamos desmontando poquito a poco. Cada vez que podíamos y a alguien se le ocurría borrábamos palabras o expresiones para sustituirlas por otras y que aquello siguiera teniendo sentido. Al final obteníamos un texto de calidad discutible pero de expresión intachable:

Decía en el Quijote:
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, vivía, no ha mucho tiempo, un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.

Tras el quirófano de la pizarra:
Bajo el techo de hierro de la estación, en la ciudad que visitamos hace poco, se veía un tren antiguo, con su locomotora de carbón, caldera humeante, maquinista y silbato...

-¿Esto lo he escrito yo, maestra?
-Pues claro. Cervantes y tú.


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