viernes, 20 de junio de 2014

DEL CERO AL INFINITO


Repetía curso. Había repetido todos los cursos que se podían repetir. Era grande, vocinglero y fanfarrón. Me obligaba a no dejar de vigilarlo con el rabillo del ojo mientras duraba la clase. Manejaba velocidades prodigiosas para tirar al suelo las cosas del pupitre de al lado, hacer volar la regla, la goma o el bolígrafo, escupir bolitas de papel, registrar las carteras, robar una merienda, lápices, monedas..., insultar por lo alto a cualquiera que participara en las tareas escolares, por lo bajo al más inocentón...
-Maestra, el Juan está diciendo que no llevo bragas...
-¿Y es que llevas?
Y todos, enseguida:
-A ver, a ver...
El caso era romper la clase a todas horas. Por suerte para mí no venía mucho. Traía justificantes cuya autenticidad acabé por no indagar. Cuando venía, antes de media mañana había una docena de quejas contra él. De los maestros, los compañeros, los niños más pequeños, creo que hasta del conserje.
No sé si por cansancio, rencor o indiferencia, me daba pereza llamar a su madre otra vez, volver a oírle sus “es que no puedo con él desde que era chiquitillo”, “este niño me está volviendo loca”.
Así que a veces lo llevaba al director o le ponía un castigo de copiar, que tampoco hacía.
-Fooo, maestra, esto parece Alcatraz...
Supongo detrás de las bravuconadas un niño solo, una familia rota, algún que otro éxito en los aledaños de la delincuencia, más horas de abandono de la cuenta. Lo supongo ahora, entonces apenas me llegaban las fuerzas para mantenerlo un poco a raya y desentenderme. No me importó lo bastante y esa mutua ignorancia era lo que parecíamos querer los dos.
En junio vino al último examen. Lengua de octavo. Ocultó durante todo el tiempo su impreso, en el que se afanaba de rato en rato.
Pasé por entre las mesas recogiendo folios y, ya en mi casa, vi el suyo. Todas las preguntas estaban en blanco. Al final de la página, en mayúsculas muy repasadas con bolígrafo, casi un veredicto: “DIOS LO SABE TODO”
Lo dejé aparte, para pensarlo después, y corregí el resto. Volví a su examen y me quedé colgada de la frase. Dios lo sabe todo. Me reí de su astucia. También se me ocurrió que a lo mejor me echaba en cara el haber tirado la toalla con él. Y serían Dios y él mismo los que me suspendieran a mí en ese universo paralelo que a veces se inmiscuye.
Al otro día aún no le había puesto la nota. La junta de evaluación estaba convocada para esa tarde. Me bebí el café de pie en la cocina, echando vistazos involuntarios a la pila de exámenes. El suyo estaba encima. Debía tomar una decisión de urgencia y me contenté con esta: como en el fondo es un descanso infinito para los perplejos humanos el que Dios lo sepa todo, a Juan le puse un cero, aunque ya esa y cualquier otra nota en general se me quedaron devaluadas para siempre.


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