miércoles, 11 de diciembre de 2013

CADA VEINTICINCO AÑOS

Cada veinticinco años se celebra una procesión. Aunque la medida no acaba de ser exacta. 
Debía yo tener nueve o diez años -y encaja- cuando las claretianas del colegio María Inmaculada nos encargaron a las alumnas de no sé bien qué curso, o cómo se llamaba entonces -¿ingreso? ¿preparatorio?- hacer un mural sobre la Virgen Inmaculada. El mejor sería expuesto no sé donde y quizá algo más.
Hice trampa, aunque no gané.
Mi padre era fotógrafo, tenía una ampliadora y clichés de la imagen. No le gustó mucho la idea cuando se lo pedí. Yo quería ganar, ya no me acuerdo qué. En fin, ganar. Entré al laboratorio con mis materiales, coloqué trabajosamente la cartulina blanca bajo la ampliadora mientras mi padre la enfocaba y me dejaba sola con el invento. En la semioscuridad repasé las líneas y los contornos con el carboncillo, anticipando el éxito del resultado.
Tras una eternidad de esforzados trazos encendí la luz blanca y saqué el dibujo del tablero que hacía de base.
La decepción me cayó encima. No era bonita, aquella cara sucia y llena de refregones negros, ni siquiera las líneas estaban en su sitio. No era Ella.
Mi madre la celebró mucho. Tanto peor. Yo no quería presentar mi obra en ninguna parte. Pero mi padre - "Ahora, la tienes que llevar"- me embarcó en la vergüenza de un fracaso anunciado.
Ni se me ocurrió romperla.

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