viernes, 6 de diciembre de 2013

AMORES QUE MATAN

La naturaleza, tan bella y tan amenazada, provoca unas pasiones desorbitadas y apocalípticas, auténticos desgarros del corazón más que partío por si no te vuelven a ver, lince ibérico, foca monje, o manzanilla del esparragal.
Como todo amor que se precie, este cada día está más organizado en especialidades, desplegando sus frentes de combate por tierra, mar y aire, multiplicando leyes, radares, prismáticos, telescopios, denuncia y caza de infractores cada vez más rápida, compartida y plenamente apoyada por eso que dicen "la ciudadanía".
Pero ay, también a veces, como el amor, es ciego.
Me cuenta mi vecina que los amantes del tomillo -medio ambiente mediante, que horror de cacofonía- consiguen extender la información de que los recogedores de dicha planta serán cruelmente multados si los pillan in fraganti o con tomillos arrancados en su haber.
La obediente ciudadanía capta el mensaje de amor a las especies y se abstiene de arrancar tomillos.
Y los tomillos van y se mueren.
Porque lo que ellos necesitan es que los arranquen para que se les remueva la tierra donde caen las semillas al sacudirlos, para que las semillas agarren y críen tomillitos nuevos.
Pero, si nadie les mueve la tierra donde se asientan, esta se endurece tanto que a las semillas que caen se las lleva el aire, así que no entran en el suelo ni agarran ni crían tomillitos nuevos.
O sea, que ese desolado y envolvente amor, protector y legislativo, hacia cualquier especie animal o vegetal, quizá, a estas alturas, también mineral, puede cargarse a la criatura.
Por lo que a mí me toca y por si acaso, nunca haré una lista de qué o a quiénes amo, ni cuánto, ni por qué, no sea que me dé por protegerlos y los mate de pura legislación.

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