domingo, 10 de marzo de 2013

EN AQUEL TIEMPO...


Era fácil darnos cuenta de que, en la historia más grande jamás contada, éramos el hijo pródigo, la mujer adúltera, el publicano, la cananea, ...y toda esa caterva de inefables heterodoxos a los que Jesucristo convocaba sin más cebo que su amor.
Era más fácil todavía localizarnos en Egipto, bajo el látigo implacable del faraón, llámese como se llame, pues tiene nombres intercambiables y sucesivos, agachando el lomo en el barro, entregados como esclavos a la ingrata tarea de hacer ladrillos ajenos...
Pero, desde que fuimos recibidos, adoptados, perdonados, liberados, escuchados... y no sé cuánto más, adquirimos derechos y costumbres.
Qué miedo llegar a ser el otro hijo, el justo que tira piedras, el fariseo, el perfecto.
Qué miedo verse en la tierra prometida, llevar un látigo en la mano, ser llamado por el nombre de algún faraón, mandar hacer ladrillos y ladrillos, cada vez más ladrillos, y esta vez nuestros.
Qué miedo. En aquel tiempo...

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