domingo, 3 de junio de 2012

EL MANTO DE ORACIÓN



Bram Rotten se despertó espantado. Había visto, con la claridad de los sueños en colores y con sonido, la gran escena en la sinagoga. En medio de la bemá no se alzaba el rollo de la Escritura, sino un enorme crucifijo de madera tallada, con un Cristo en tamaño real.

Los rabinos le acercaron una escalera portátil, con ruedas, y engalanada a los lados con guirnaldas de rosas. Sus peldaños estaban cubiertos por una estrecha alfombra de terciopelo rojo, bordado en oro con las letras hebreas,  el olivo y el candelabro.

El gran Rabino subió por ella hasta alcanzar la altura de la cabeza del Cristo. Entonces le colocó un taled sobre la cabeza y los brazos. Todos cantaban el salmo 22.

Las mujeres y los niños también se hallaban en la asamblea. Bram quería llorar, pero una alegría inmensa se lo impidió todo el tiempo. Apenas podía articular las palabras del salmo.

Cuando despertó, en medio del asombro, supo que no había soñado una blasfemia. Eran las siete de la mañana. Su mujer dormía. Sin hacer ruido se vistió apresurado, no se puso el sombrero negro ni el chaleco. Se acercó a la mesa de la entrada y tomó del cajón su taled, lo dobló cuidadosamente y se lo guardó en el bolsillo.

Se dirigió a la iglesia de St. Joseph, en un barrio alejado. Esperó a que acabara la misa temprana. Mientras los escasos asistentes -algunas ancianas y dos hombres jóvenes- se marchaban él se ocultó dentro de un confesionario. Oyó al cura despedirse mientras cerraba la puerta, sus pasos resonaron rápidos en el templo y desaparecieron por la sacristía. 

Entonces Bram salió de donde estaba y se acercó al altar mayor, donde había un crucifijo parecido al que había soñado.

Apartó el mantel con cuidado, se quitó los zapatos y se subió al altar. Sacó el manto de oración de su bolsillo, lo besó y se lo colocó al Cristo, tal como había visto hacer al Rabino.

Si el cura lo estaba viendo en lo oculto ya le daba igual. Empezó a rezar el salmo 22 mientras se bajaba al suelo, se calzaba y esperaba en el confesionario a que el cura abriera de nuevo la puerta para la misa de nueve, por la que huiría feliz, a tomarse el primer café del primer día.

(A Marc Chagall, por "La crucifixión blanca")

No hay comentarios:

Publicar un comentario