miércoles, 6 de junio de 2012

BAJO EL SOL



Qohelet se sabía un príncipe de Israel, un amado de Dios sin condiciones, y eso le permitía realizar los más viles trabajos sin perder el gozo. Incluso en sus reflexiones más oscuras conservaba una alegría de fondo, una especie de impasibilidad ante las inevitables agresiones del tiempo y la fortuna.

Sara tejía, inclinada sobre el telar, sus fuertes brazos echaban con seguridad la lanzadera entre los cuadros que sujetaban los hilos. A su lado, una cesta llena de ovillos recios y multicolores.

Allí estaban los restos de viejas túnicas, manteles y cortinas, convertidos en cintas larguísimas y heterogéneas. Aquella especie de manta que estaba obteniendo sería un regalo para alguno de sus hijos casados. Todos vivían cerca, y los pequeños, en esa hora bendita del mediodía, no aparecían por allí.

Qohelet se preguntaba qué era lo que la tenía tan sonriente, pero, temiendo romper el encanto del instante, no le preguntó a ella. Siguió camino del corral, con un cuenco en la mano, para ordeñar la cabra. Bajo el sol... se dijo, y le venían las numerosas escenas que había descrito en su libro.

Un tiempo para ordeñar la cabra y un tiempo para pensar por qué Sara está contenta. Un tiempo para limpiar sus sandalias y un tiempo para escribir sus pergaminos mirando el cielo.

Alguna parte del libro tendría que ser escrita por la mañana, ahuyentando las tristezas nocturnas y la proporción de catástrofe con que la noche reviste a las preocupaciones.

Si había que sufrir, que fuera bajo el sol, bajo la luz exacta que dibuja los contornos y los límites de cualquier dolor. Esos fondos amarillos donde se hace visible hasta un mosquito, esa lucidez del desierto capaz de volverte loco. Pero sólo si sueñas.

Así que se trata de mantener a raya los absurdos sueños y aceptar el regalo de la existencia sin exigir condiciones. Que yo no exija. Como no soy exigido.

Recordó las numerosas normas, de cuya exposición se había encargado tanto, y logró verlas también como regalos, como rutas marcadas en un mapa, como letras de un alfabeto que se iba entregando a sí mismo despacio, desenvolviéndose en el tiempo sin prisa. 

Felices los que aún no han nacido. Volvió a pensar, pero esta vez por la suerte que les estaba reservada de conocer mejor el alfabeto, el mapa más dibujado, más fácil de manejar. Más fácil no sería nunca, sintió mucho más adentro de su razón.

El cuenco rebosaba de leche. Lo dejó a la sombra, en el poyo de una ventana, y salió a buscar dátiles en las palmeras que crecían junto a la puerta. Estaban un poco verdes, no servirían para hoy, pero los cogió igualmente para que maduraran en casa.





2 comentarios:

  1. Pude oler el campo, la granja, incluso la leche recien ordeñada,senti curiosidad por los pergaminos y sus leyes pero ¿ porque no dices la razón de la felicidad de Sara? ¿ tampoco tu la sabes ?

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  2. Sara estaba en uno de esos momentos en que una se olvida de sí misma sin darse cuenta y entonces le aflora eso, que no sé qué es, ni como se llama, parecido a la felicidad inconsciente de estar vivo.

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