jueves, 3 de mayo de 2012

SESIÓN DE OUIJA


















A la habitación se llegaba por una escalera estrecha y oscura, después de recorrer calles tortuosas por el barrio árabe. Guadalupe llevaba una falda larga de muchos colores, un chaleco de seda bordada y el pelo largo en dos trenzas. Era la viva imagen de una agencia mexicana de turismo.

Cuando llegaron las cuatro siguió pintando en silencio, por darse el gusto de que la vieran bien. Copiaba escrupulosamente una tabla flamenca con pinceles de minúscula escobilla. Una escena invernal y festiva, abarrotada de personajes con calzones rojos y medias chillonas.

Sacó de alguna parte remota su amabilidad y cortesía para recibirlas. No vienes sola. Le dijo a Laila, y no parecía una pregunta. Vieron otros dibujos más creativos, gente sacada de manchas casuales, una especie de acróbatas en tintas verdes.

Se sentaron alrededor de la mesa camilla y Guadalupe sacó la ouija. Explicó en breve cómo funcionaba aquello y pronto empezaron las ingenuas preguntas.

-¿De qué me voy a morir?
-D E L E U C E M I A
-¿Cuándo?
-N O A H O R A
-¿Soy hija de mi padre?
-...
-¿Me casaré?
-...
-¿Cuántos hijos tendré?
-...

Y así un emocionante rato, nutrido de absoluta credulidad por parte de la mayoría de ellas.

Sudores fríos empezaban a deslizarse por las frentes cuando una franca risotada introdujo la duda saludable.

-Estáis empujando el vaso.
-Bien.

Guadalupe se hartó y se le volvió a escapar la cortesía por la ventana. Ni los pintorescos insultos, tacos y groserías que soltaba cuando estaba a sus anchas le salían. Urgida por despedirlas cayó en una mudez absoluta. Pronto se dieron por enteradas las otras dos y se largaron.

Guadalupe retuvo a Laila. Tenías que haber venido sola, susurró casi enfadada. No contestó. Se sintió herida por el desprecio colateral, que parecía haber terminado. Ahora el silencio fue de ella.



                      


                      

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