domingo, 13 de mayo de 2012

REMOTAS PIEDRAS


En la geometría de blancos que construían el patio interior, Sara siguió moliendo trigo, y después garbanzos, y una buena medida de avena, y al final semillas de cáñamo. El rascar de las piedras contra el grano le producía una especie de hipnosis.

Al rato no sentía los brazos, que ya se movían solos hasta en sueños. Sentía el sudor correrle por el cuello, por detrás de las orejas y por el centro del pecho. Una especie de dolor elástico le balanceaba los riñones en cada vaivén. La sombra de la higuera ya hacía rato que no la protegía. El Qohelet estaba a punto de llegar.

Se levantó del suelo y estiró su espalda entumecida. Recogió las vasijas y arrinconó las piedras de moler. Entró en la casa pensando si decirle a él que había visto un molino diferente en casa de Maqeda. Mucho más rápido y menos trabajoso.

Tendría tiempo de sentarse a la sombra de la higuera. A tejer durante buena parte de la mañana. Escucharía los escasos pájaros lejanos, y el chirrido continuo de las cigarras al acercarse el mediodía sin el incesante rascar del rodillo. Sentiría los brazos descansados y el alma contenta. O no.

Sara tenía un humor inestable que la sorprendía incluso a ella misma. Cuando más cansada estaba más dichosa se sentía. Aunque ponía un gesto enfurruñado para conseguir que nadie le hablara. Pero es que siempre estaba cansada.

Menos el sabbat, en que no se hacía nada en absoluto. Entonces constataba la pobreza de su casa, el raquitismo de sus cuatro plantas, la necesidad de encalar los bajos del patio, de remendar mantos y camisas, de tapar grietas en el techo...y maldecía el sabbat, porque al día siguiente las rutinas imperiosas no la iban a dejar acordarse de nada. Se dirigió a la cocina y lo vio entrar, contento, impasible y tranquilo. 

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