martes, 15 de mayo de 2012

LECTURAS DE ADOLESCENCIA


 
Recuerda el libro, forrado de papel blanco y manchado del aceite de algún apresurado y desatendido bocadillo de atún. “Pensamientos”, de Pascal. Un librito de la colección Austral, de cubierta verde y blanca. No sabe porqué lo forró, qué voluntad de ocultar, no sabe a quién, su propia duda.

Tendría trece o catorce años y ya no rezaba el credo en misa. Pero eso de la “caña pensante” la había dejado en suspenso y ansiosa de saber qué había descubierto aquel muchacho remoto, triste y francés, al que se imaginaba como ella, prisionero en este mundo y lleno de ganas de encontrar la puerta de salida. O por lo menos, una ventana al universo.

Apenas se acuerda de nada de lo leído allí, sólo una cierta decepción que le aumentó el deseo de seguir buscando. El libro tiene aspecto de haber sido leído a hurtadillas, ocultado con prisa cuando alguien se acercara, tapado en los tediosos estudios, bajo algún diccionario, de la atención distraída de la monja vigilante, que se paseaba arriba y abajo y a la que en el fondo sólo le importaba que no hubiera ruido ni movimiento.

Muchos años después no consigue averiguar la causa de tanta clandestinidad por algo tan inocente. Pero nació culpable y cualquier cosa servía para ovillarse en la sombra y cubrirse de sigilo. Y siempre le pareció más necesitada de pudor el alma que el cuerpo.

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