miércoles, 30 de mayo de 2012

EL JUGLAR DE LOS ZOCOS




































Alá te la depare buena, zorrita de mi corazón”. Eso se decía en un cuento marroquí de un tal J. Bentata. Ella no volvió a ver aquel libro jamás en ninguna parte. Lo leyó cuando recién había aprendido a leer y recuerda frases enteras, aunque muchas de ellas se han quedado sin contexto.

Era un libro de encuadernación casera, reconstruida, quizá por haberse estropeado la cubierta original, o por darle mayor consistencia. Su tamaño, menor que una cuartilla, las hojas bastas y amarillentas. Aspecto de libro muy disfrutado y querido. Tenía dibujos en blanco y negro de moros gordos y relucientes. Allí aprendió lo que eran unas parihuelas, en el cuento de un gandul que se hacía enterrar porque “mejor se está tendido que sentado; mejor muerto que acostado”.

Y el axioma de los paranoicos, que tantas veces después le bautizó situaciones: El califa compartía un secreto terrible con su barbero, por el que se comprometió a respetarlo. Estaba en sus manos, pero, aprovechando que “Señor, se ha caído la torre de la mezquita”, “Que cuelguen al barbero”. 

Abentofail, llevando su asado al horno, y Zohra haciendo aspavientos. Fatah, que corría como las gacelas y perdió la babucha. Y otro tipo, cuya barba encaneció, espantada de la proximidad de aquella boca, en cambio el pelo de la cabeza siguió negro, pues no había cerca ideas algunas.

Los moros de aquellos cuentos le resultaban gentes plácidas, disfrutadoras y bendicientes. Ahora le gustaría volver a leerlos, para darse un paseo por su memoria infantil, que a saber los tesoros que todavía contiene.

No hay comentarios:

Publicar un comentario