martes, 22 de mayo de 2012

Calle Parras. Nocturno




El horario nos tiene acostumbrados
al bullicio incesante, a los colores
geométricos y extremos de las claras mañanas;
al ruido de los coches, los timbrazos, las quejas
transeúntes del día; cigarrillos furtivos
se queman en volutas desatentas.
Gentes que van y vienen a lo suyo
pasan apresuradas arrastrando carritos
de la compra, el furgón del panadero,
alguna bicicleta, viejos al sol, la mula del vecino...

Cuando todo se para
y en silencio la noche
reúne a los indómitos colores
en sus brumas violeta,
en la calle vacía
se encuentran los aromas, surgidos tras las tapias,
de los celindos, lilas, jazmines, limoneros,
madreselvas y rosas.

Pasean, enlazados y en desorden,
con un baile invisible de gozosas fragancias,
visitan los rincones, los portales oscuros,
se cuelgan de las rejas, se deslizan
entre las escaleras de la escuela,
mandan callar a un perro, dulcifican
los ojos del supuesto caminante,
vuelan, se arrastran, corren, se detienen,
increpan a la luna, que nunca los sospecha,
limpian los malos rastros de los diversos humos,
susurran en silencios de violines,
y nos dejan la calle
serena y perfumada,
con las ondas del sueño,
acariciada para el día siguiente.

Ogíjares, mayo 2012

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