martes, 17 de abril de 2012

MAIMÓN

En las tardes de verano del norte de Almería se agradece un nubarrón como este; se añora en los impasibles cielos azules que se repiten cada día, cada hora, como si fueran el mismo. A quién van a engañar. No hace mucho, ahí, delante del cobertizo, se levantaba una noguera verde y frondosa que en mi infancia consideraba eterna. Al pie de la noguera -tampoco está- un banco de madera, de sólidas patas clavadas en el suelo, soportaba mazazos picando esparto, cuchilladas cortando alfalfa, pollos y conejos, calderos de agua en el breve descanso desde el pilar de abajo hasta el cortijo, pedradas partiendo nueces, platos de chumbos -el dulce refresco precocacola-, y unas misteriosas casitas para pájaros en las que nunca vi a ninguno.
Ese camino de grava tiene trazas de urgencia, como todo lo que imponen los coches, exigentes, dejándonos sin tiempo con la excusa de ganarlo.

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