sábado, 14 de abril de 2012

LAS CORAS 2


Se podría pensar que las Coras encontrarían su lugar idóneo en los libros de poesía, pero nada más lejos. Lo que les gusta es la vida de la gente en su fluctuar efímero.

-Nuestras vidas son los ríos.
-Y tenemos el estúpido empeño de convertirlas en lagos.
-Para que no fluyan y nos dejen tranquilos.
-Y se pudran.


Supongo que hay Coras en el otro mundo, esperando a los muertos para sorprenderlos con la novedad de que siguen existiendo, aunque en otro acontecer del que no han tenido información. Seguro que Heráclito no se sorprendió al encontrarse con ellas. Ni el Qohelet.

A veces las entiende alguien que está distraído queriendo estarlo. Esa forma de estar es muy difícil porque no se puede producir voluntariamente, con frecuencia ni siquiera se reconoce cuando sucede.

Es una gran bendición darse cuenta en el transcurso de la distracción sin acabar de romperla. Pero la consciencia siempre interrumpe y frena y organiza y ordena y ya no es lo mismo. Por eso son dichosos los que recuerdan sus sueños, porque ahí no han podido hacer nada más que asistir a cualquier hermosa, terrible o banal, actuación de las Coras.

   Aquella ficticia madrugada Rocinante se dejaba guiar por las Coras, a las       que su dueño no era muy adicto, pese a lo que pueda parecer. Pero fueron ellas las que invistieron de rey al posadero y dignificaron su rito.

-Los burros las entienden mejor.
-Como Platero.
-Mejor como el del portal de Belén.
-O la burra de Balaam.
-O la pollinica del domingo de Ramos.
-Bíblicos, los burros.
-Mucho más que los caballos.
-Dónde va a parar.

Los animales las ven y las entienden sin el menor problema. No son, como pudiera pensarse, una señal de los hados a sus elegidos, sino más bien algo cercano a la vida instintiva, aunque con mucha movilidad en todos los planos de cuanto existe.

La sabiduría jugaba con la bola del mundo. Sigue haciéndolo.

Hay cosas que no te gusta saber. Entonces vas y las cuentas enseguida, porque si te callas te rondarán mucho tiempo. O te las callas en la esperanza de que se vayan disolviendo en la costumbre de su recuerdo.

Ahí señalizan las Coras para que no te calles. O para que sí te calles, pero no se te pase por alto.

-A lo hecho, pecho.
-Y a lo no hecho, más todavía.


Cuando un recuerdo se hace costumbre pierde su filo. Así miras los cuadros de tu casa todos los días y ya ni los ves ni los notas. Aunque eso de mirar cuadros es una historia siempre incompleta.






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