lunes, 16 de abril de 2012

FELI


A LOS CINCO AÑOS


Feli estaba sentada en su cocina cuando escuchó una escandalera de fuertes gritos. Era Blasa, vecina de sus padres cuando vivieron en el campo. Muchos sábados les traía pollos o conejos y hoy andaba saludando a su madre con gran estrépito.

- Aaay, Pura, ¿quién está aquíiii? ¡pero si es la nenaaa! ¡oooy, pero qué grande estáaa! Nenica ¿qué estás haciendooo?

Esperando a que te vayas, pensó y no dijo Feli, que con sus poquísimos años percibía el contraste entre su propia cordura y la demencia ambiental de los sábados por la mañana.

-¡Mira, mira lo que te traigo! ¿eeeh? ¡un pollico! ¡mira qué bonico es!
-¡Nena! ¡coge lo que te da la Blasa, anda, cógelo!

Le pusieron el pollo entre las manos. Sintió la suavidad del plumón amarillo, el dislocado latido nervioso, la fragilidad de una vida tan llevada y traída como lo sería la suya si no se daba prisa en poner las cosas en su sitio.

La Blasa le sujetaba las manos que contenían el pollo. Feli no la miró para evitar su clamorosa conversación. En vano, pues la Blasa, mientras le soltaba las manos, seguía pregonando el calor que hacía y cuánto costaba todo y a quiénes se había encontrado en el mercado, entreverando preguntas que no esperaban respuestas.

Feli apretó los ojos, apretó la boca y apretó las manos. Entonces miró. Vio la pequeña muerte inminente. Y siguió apretando.




No hay comentarios:

Publicar un comentario